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El Mundial de Fútbol de 1978 fue un acontecimiento celebratorio para la gran mayoría de la sociedad argentina. Además de los triunfos deportivos de la selección nacional, de su coronación tras la final ganada frente a Holanda, de los papelitos en las tribunas, de la gente en las calles llenas de alegría y sensación de triunfo, el Mundial desde su inauguración, fue percibido en el imaginario colectivo como un gran logro para el país. Un orgullo nacional fue poder haber realizado en la Argentina un Mundial de fútbol, tarea considerada titánica que se logró llevar a buen puerto, pese a las dificultades y obstáculos que “provenían desde el exterior”, pese a la propia desconfianza de que nuestro país pudiera organizar exitosamente un evento mundial. La Argentina, pese a todo, había salido bien parada. Numerosos escritores e intelectuales, desde sus columnas en diarios y revistas, acompañaron estos sentimientos celebratorios. Aunque no todos.

Pocas voces se alzaron públicamente en contra del Mundial durante 1978 en la Argentina. A la única que se le permitió romper el coro de euforia general – como dice Estela Schindel – fue a Jorge Luis Borges, a quien Clarín llamó el “niño terrible de la literatura argentina”. Un mes antes del comienzo del campeonato, en una conferencia en Tucumán, dijo que pensaba irse de Buenos Aires mientras durara la fiebre mundialista. “Mientras dure el campeonato me iré a cualquier parte donde no se hable de fútbol. El Mundial será una calamidad que por suerte pasará”, declaró. “El fútbol despierta las peores pasiones, despierta lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido fuera interesante”.

No cumplió. Se quedó en Buenos Aires y se hizo notar. El viernes 2 de junio a las 19.30 horas, el escritor dio una conferencia. “Estoy harto de mí mismo, de mi nombre y de mi fama y quiero liberarme de todo eso”. Mientras él hablaba de la inmortalidad y los mortales, un televisor estaba encendido a un costado suyo. Sin volumen transmitía el primer partido de la Argentina en la Copa del Mundo.

Once días después, el diario La Razón recogía unas declaraciones de Ernesto Sábato que se proponía no polemizar con su colega, aunque con los años iba a ser recordado como su contrafigura en lo que al Mundial refiere.  Mientras se preguntaba si era lícito gastar o invertir 700 millones de dólares – según la cifra que manejaba el escritor – en un campeonato, se conmovía por la “gran reserva de pasión nacional” que había en el pueblo argentino: “Lo que se podría hacer de nuestro país si tuviéramos un gran proyecto, un gran proyecto nacional”.

Por otra parte, la polémica, ambigua y contradictoria carrera de posicionamientos públicos de Ernesto Sábato se encontró en 1978 en una posición de franca defensa y celebración mundialista. En entrevistas a medios nacionales y extranjeros repudiaba la “campaña anti-argentina”: “Boicotear el mundial no sólo hubiera sido boicotear al gobierno, sino también al pueblo de la Argentina, que de veras, no se lo merece" (Le Monde), “La Copa del Mundo fue una prueba de madurez, nobleza, una manifestación popular marcada por la generosidad y el altruismo” (La Razón 13-06-1978 p4). Esto le valió ser elegido para entregarle la medalla de oro a César Luis Menotti durante la fiesta en el Hotel Plaza luego de la final ganada frente a Holanda.

“Es una gran emoción entregarle este presente a Menotti. Yo fui uno de los argentinos que gozó, sufrió y se alegró con los partidos del Mundial. El fútbol no es un mero pasatiempo físico. Invoca grandes cualidades del hombre, como el desarrollo de la inteligencia, capacidad de improvisación, coraje, decisión, tenacidad, todo eso le inyectó este hombre excepcional al conjunto de muchachos. Yo quise aceptar esta invitación porque las penas de mi pueblo son mis penas. Y también las alegrías”, dijo. Su hijo Mario fue uno de los guionistas de La Fiesta de Todos, la película de la dictadura para celebrar el Mundial. Cinco años después de su encendida emoción por el Mundial, sería nombrado presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), encargada de investigar los crímenes cometidos por la dictadura -- incluso los de junio de 1978.

Abelardo Castillo, desde La Opinión publicaba columnas como “Una imagen corrompida infama al pueblo”, donde al hablar sobre la “campaña destacada en el extranjero contra la Argentina” escribía: “Espero no herir a algún compatriota que viva en el extranjero si afirmo que desconfío de algunos héroes intelectuales que postulan que postulan sus convicciones desde Calcuta o Afganistán (…) La imagen es falsa. Más que falsa, corrompida. Injuriosa no para un país abstracto, sino para su pueblo, para los hombres de carne y hueso que, en las buenas y en las malas son un país (…) Es bueno que vayamos soñando una realidad argentina que nos haga sentir como nos sentimos esta noche, como nos sentiremos este mes. No hay más que ver cómo se realizaron en un año cosas que parecían imposibles hasta para quienes las hacían, no hay más que oír a 80 mil personas gritando en un estadios por su mínimo sueño de una copa de oro que secretamente simboliza la realidad de un país más bello”.

Marco Denevi en “Juventud Divino tesoro”, elegía reflexionar sobre la actitud de la Argentina como sociedad frente a la circunstancia de ser anfitrión de un evento internacional: “Por mucho que nos preocupe, nos preocupa menos el triunfo del equipo de Menotti que el triunfo de la Argentina como anfitrión. Apenas un huésped asoma la nariz, corremos a atenderlo y lo miramos en la cara para ver qué impresión le causamos, le pedimos su opinión acerca de lo que hemos preparado, nos duele y -- que nos mezquine su aprobación, nos llena de júbilo la menor muestra de beneplácito. A dos días de iniciado en Mundial gritamos como chiquilines alborozados: ¡Lo hicimos! ¡Lo hicimos!”

Muchos años después, Beatriz Sarlo caracterizaría al Mundial como el tabú de la conciencia argentina “porque examinar los festejos del Mundial ’78 implica juzgar no sólo la perversidad de los militares, sino la inconsciencia cultivada de quienes sabían lo que estaba sucediendo. Hubo notas en los diarios escritas por gente que estaba al tanto de algunos hechos y sin embargo reclamaba un blando derecho a la alegría” (Perfil, 15/06/2014). Por las mismas fechas en que empezaba el Mundial 78, también empezaba la publicación literaria Punto de Vista, creada por Sarlo, Carlos Altamirano, Ricardo Piglia y Elías Semán con una actitud fuertemente marcada por la disidencia, con un afán de poner en circulación teorías y reflexiones que implicaban en sí mismas una opción intelectual refractaria a los discursos autoritarios, no sólo políticos sino propiamente culturales. “La estrategia era empujar el límite de lo que parecía posible --explica Sarlo--, pero empujarlo con prudencia política. Cada una de las páginas era trabajada con lenguaje esópico y tenían un carácter simbólico en el campo ideológico de la Argentina. El silencio también era simbólico: ni una línea sobre el mundial de fútbol del 78”. (La Nación, 15/12/2003).