El campeonato mundial de fútbol de 1978 se jugó en la Argentina en plena dictadura militar, cuando había en nuestro país cientos de centros clandestinos de detención; uno de ellos, el más grande, a pocas cuadras del estadio Monumental, donde se jugó la final del campeonato. También —y se habla menos de ello— había cárceles “legales” repletas de presos políticos. Las comillas obedecen a que en esas prisiones “legales” existían pabellones de la muerte, de donde se sacaba a algunos presos para asesinarlos. En esos momentos yo estaba en la cárcel de Villa Devoto, donde los militares concentraron a todas las presas políticas del país.

Trajeron a mujeres de Tucumán, Salta, Rosario, Santa Fe, La Pampa, Neuquén, de todas las provincias, de casi todas las ciudades y del campo, porque por entonces había campesinos organizados en las llamadas Ligas Agrarias. Nos distribuyeron en dos edificios, uno dividido en pabellones con unas treinta mujeres por pabellón, y otro edificio formado por celulares con 28 celdas para cuatro personas cada una. Nos rotaban cada tanto de un pabellón a otro, de un edificio a otro, para que no creáramos vínculos y tuviéramos que partir desde cero para organizar las rutinas con las compañeras que nos tocaran en suerte. A eso le decían o le decíamos “la calesita”; era una calesita triste, que rompía con afectos que nos eran indispensables para sobrevivir.

Cárcel de devoto. Memorias en la ciudad / Memoria Abierta

Llegamos a ser más de novecientas mujeres en la cárcel de Devoto, de todas las edades y de todas las culturas y ese hecho, a la vez que nos enriquecía, creaba toda clase de confusiones, entredichos, trabas y disparates. El nuestro es un país muy grande en el que conviven, más entonces, hace cuarenta años, costumbres diversas, a veces antagónicas, miradas distintas en las que los ancestros de una cultura y otra metían baza, y ya se sabe que las mujeres somos muy dadas a analizar la realidad desde ese instrumento que Eduardo Galeano tanto recomienda y que él llamó el “sentipensar”, es decir integrar sentimientos y pensamientos en la elaboración de ideas.

Por supuesto debatimos qué posición era la correcta con respecto a la realización del campeonato; había quien estaba a favor, por la alegría que podía darle a nuestra sufrida gente, y quien estaba en contra, por la alegría que podía darle a los milicos si todo salía como lo habían pensado: mostrar un país sin problemas y que la dictadura dejara de ser una paria en el contexto internacional. Debatimos con pasión, hasta el hartazgo y al final hicimos lo que debíamos haber hecho resuelto el primer día: dejar que cada compañera manejara sus emociones como pudiera.

Yo estaba en el pabellón 35, al fondo. ¿Teníamos uniformes ya? No recuerdo, creo que sí, pantalones y chaquetas azules de frisa. Azul marino. No teníamos radios, ni diarios, ni televisor, así que nos enterábamos de los partidos por las comunicaciones con los presos comunes desde las ventanas de pabellones y celulares, con el lenguaje de señas que se hacían con los dedos.

Había expertas en hablar con las manos, se armaba un dispositivo cuando la compañera estaba subida a la ventana a comunicarse con un edificio vecino. No podían estar más de diez minutos en la ventana, para evitar ser descubiertas y castigadas. Por estas expertas nos enterábamos cuándo jugaba la Argentina. Por las visitas supimos de los esfuerzos de las madres de desaparecidos para hablar con la prensa internacional.

Las celadoras tenían una piecita de guardia; allí se juntaban con guardiacárceles varones y ponían a todo volumen la trasmisión de los partidos que jugaba la Argentina. Algunas compañeras decían que hacían eso de sádicos; otras tenían la teoría de que en esos momentos todos éramos argentinos y que hacían eso como una tregua momentánea. Nosotras no entendíamos lo que transmitía la radio, el ruido de las voces enardecidas de los locutores, no discerníamos ni una palabra de lo que decían; escuchábamos los goles, pero no sabíamos si eran nuestros o de los otros. También escuchábamos a la hinchada, los gritos, la alegría de esa parte del país que tenía permiso de juntarse para ver fútbol, tenía permiso para un momento de felicidad que a nosotras nos dolía pero a la vez nos emocionaba.


Creo que cada una de nosotras vivía a su manera esa dualidad, la situación de ser una presa política y de ser, a la vez, argentina; el deseo de que la Argentina ganara junto al deseo de que la Argentina perdiera para que los militares no capitalizaran el triunfo. Yo estaba en mi cama, al fondo del pabellón, pero había compañeras apretadas a las rejas alentando los avances del equipo en la cancha, gritando goles que tal vez no eran nuestros. Momentos de alto voltaje, en los que, muy en el inconsciente, volvía a renacer el sueño o la utopía de tener todos los argentinos un solo corazón. No lo teníamos por la sencilla razón de que los dictadores y los beneficiarios de la dictadura no tenían corazón, por decirlo con alguna inocencia. Y sin embargo, sigo queriendo creer que la Patria es el Otro. Cuando lo “sientopienso” me viene la imagen de Milagro Sala y de los otros presos políticos de hoy, y me digo con Henry David Thoreau que cuando el sistema no es de razón, el lugar de la gente de razón es la cárcel.