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La Argentina quería ser sede de un Mundial muchos años antes de que finalmente lo lograra. Tras pujas y negociaciones logró convertirse en anfitrión del Mundial de Fútbol 78, el cuarto campeonato de la FIFA que se realizó en América del Sur. Nadie imaginó entonces, 12 años antes de que el evento se concretara, que sería la más sangrienta dictadura la que recogería los frutos.  

El primer Mundial de fútbol sucedió en Uruguay en 1930 y lo jugaron 13 selecciones. Argentina fue finalista y se quedó con el segundo puesto frente al país organizador, que salió campeón. No sólo hambre de copa nos quedó.

La primera vez que Argentina se postuló para ser sede de un campeonato mundial de fútbol fue en 1948, durante la presidencia de Juan Domingo Perón. Buscaba organizar, en tiempo récord, la contienda de 1950, la primera después de un parate en la competencia que duró 12 años y estuvo obligado por la Segunda Guerra Mundial. El Mundial de Fútbol de 1950 se jugó finalmente en Brasil.

Argentina veía pasar los torneos delante de sus narices”, opinó el periodista y escritor Ricardo Gotta, autor del libro Fuimos campeones, en donde explica que tras una nueva “frustración”, cuando Chile quedó a cargo de la organización del Mundial 62, “los dirigentes (argentinos) optaron por cambiar de táctica” y empezaron a pujar para ser la sede del próximo Congreso de la FIFA. Esas reuniones eran las “cocinas” de los próximos campeonatos mundiales. Argentina puso la mirada en el Congreso de la FIFA de 1964 para traerlo a Buenos Aires y, así, “en condición de local, intentar torcer el rumbo de la esquiva historia”, dijo Gotta.




Las cosas, otra vez, resultaron diferentes. El Congreso de 1964 acabó realizándose en Tokio. Entonces, entre los representantes argentinos ante la FIFA estaba Daniel Piscicelli, un dirigente de Racing que había arribado a la representación política del fútbol en 1942, al hacerse cargo de la Comisión Nacional de Fomento al Deporte. En 1946, Perón lo ubicó en la vicepresidencia de la Asociación Argentina de Fútbol, la AFA. Piscicelli y los otros referentes entendieron que el titular de la FIFA, Stanley Rous, vería con buenos ojos la buena intención de Argentina de ceder a Buenos Aires por Tokio ese año para que el Congreso coincidiera con los Juegos Olímpicos, que ese año se llevaron a cabo en la capital de Japón. Era la moneda de cambio justa para entregar como contraparte de la organización del Mundial de Fútbol de 1970.

El plan también fracasó. Por entonces, en el organismo internacional de fútbol había una sola cosa definida en relación a las competencias de la década siguiente: la itinerancia entre Europa y América como escenarios. A partir de la competencia de la Copa del ‘66, los mundiales se jugarían uno en Europa y otro en América. El Mundial de 1966 ya tenía casa: Inglaterra. Y Argentina, por el contrario de lo que soñaban sus representantes, no fue el único país americano que se presentó como candidato para organizar el campeonato siguiente.

México llegó con ímpetu y “viveza”. Durante el Congreso de FIFA que se llevó a cabo en el auditorio tokiota Bunka Kaikan en octubre de 1964, apoyó una moción de los países africanos y asiáticos, ganándose sus votos para ser sede de la próxima copa. El periodista Pablo Llonto calificó de “mexicaneada” a la jugada de los aztecas en su libro La vergüenza de todos.

En la contienda final, México obtuvo 56 votos mientras que Argentina, 32. Llonto cuenta, no obstante, que argentinos y mexicanos llegaron a un acuerdo que contó con la venia de Rous: “Antes de las urnas, ambas delegaciones acordaron que el país que perdiera la votación sería el candidato sudamericano para 1978. México se impuso en la primera vuelta, Argentina lo escoltó y Rous selló el pacto de honor de los delegados americanos y consagró al final de las deliberaciones: ‘La Argentina será la sede del mundial de 1978’”. El dato de color es que Argentina no clasificó para el Mundial de 1970.

Todo lo que se batalló para ser sede mundialista no se condice con la calma que siguió a la consecución de tal objetivo. Quizás, el nuevo golpe de Estado que volvía, en el ‘66, a interrumpir la débil vida democrática nacional haya tenido que ver. Juan Carlos Onganía depuso al radical Arturo Illia del sillón presidencial en junio de aquel año. En 1967, el dictador intervino la AFA, que pasó de interventor en interventor año tras año. Quien intervino la asociación durante 1970, Juan Martín Oneto Gaona, “firmó la primera resolución” relacionada con el Mundial de Fútbol de 1978, cuenta el libro Redondo, celeste y blanco, un panfleto promundialista publicado tras el cierre del campeonato de 1978 y de cuya autoría se hacen cargo el exfutbolista Antonio Rattin, el exárbitro Aurelio Bosolino, el periodista Roberto Ayala y el escritor Tito Junco.

Sin embargo, Rattin y compañía ensalsan al triunvirato compuesto por Raúl D’Onofrio, el padre del actual presidente de River Plate, Rodolfo D’Onofrio; el relator José María Muñoz; y el ex árbitro Bosolino, como quienes “se encausaron en una campaña de autenticidad y promoción” del país con vistas al Campeonato Mundial. Por aquellos años de dictadura de Alejandro Lanusse, D’Onofrio padre era interventor de la AFA; Bosolino era secretario de la Comisión de Árbitros de la Confederación Sudamericana de Fútbol, y Muñoz, relator de Radio Rivadavia. En 1972, por insistencia de D’Onofrio, Lanusse declara de interés nacional al campeonato que se desarrollaría seis años más tarde y bajo otra dictadura, a través de la ley número 19.468.

En mayo de 1974, durante su tercera presidencia, Perón creó la Comisión Nacional de Apoyo al XI Campeonato Mundial de Fútbol de 1978 dentro de la órbita del Ministerio de Bienestar Social, que manejaba José López Rega. La presidió el entonces secretario de Turismo y Deportes, Pedro Eladio Vázquez. Se nutrió de recursos de la apuesta Prode y quedó exenta del régimen usual de contrataciones del Estado. Durante esta etapa se definió el logo del campeonato.

El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas destituyeron a Estela Martínez de Perón y conformaron la primera Junta Militar de la dictadura más sangrienta que sufrió el país. La organización del Mundial de Fútbol de 1978 fue, hacia dentro de ese triunvirato de facto, una divisoria de aguas que terminó decantando hacia la realización del campeonato. Mientras que Rafael Videla y el ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, consideraban que el Mundial era un “gasto desmedido”, Emilio Massera, el dictador con el perfil más político de la Junta, dejó clara su postura desde un principio, apunta Llonto en La vergüenza de todos: “Políticamente es conveniente hacer el Mundial”.  

El 12 de julio de 1976, mediante el decreto número 21.349, la Junta derogó la Comisión de Apoyo creada por Perón y la reemplazó por el Ente Autárquico Mundial. El hombre que el Ejército puso al mando, Omar Actis, fue asesinado un mes después y reemplazado por Antonio Merlo. Pero el verdadero controlador del organismo, de sus gastos y del uso político del Mundial fue Carlos Lacoste, hombre de Massera.